Pero
en lo principal, Atenas estaba fundada en un pasado glorioso.
La Atenas de los días de Pablo había perdido su imperio y su riqueza.
Los historiadores estiman que la población era aproximadamente
10.000. Atenas seguía siendo un pueblo pequeño en los tiempos
modernos. Pero ahora es una metrópoli bulliciosa de más de tres
millones.
Atenas
era conocido como un centro de superstición cuando Pablo entró
en sus calles. William Barclay escribe en su comentario del libro
de los Hechos, “Se decía que había más estatuas de dioses en Atenas
que en todo el resto de Grecia y que en Atenas era más fácil encontrarse
con un dios que con un hombre” (p. 130).
No
es sorprendente que Pablo se apenara por la pobre condición espiritual
de la ciudad. Lucas escribe que a Pablo
“le dolió en el alma ver que la ciudad estaba llena de ídolos”
(Hechos 17:16).
La
costumbre de Pablo, como indica el versículo 2, era enseñar primero
en la sinagoga local. Aquí él encontraría a los adoradores judíos
y los gentiles devotos que buscaban aprender más sobre el Dios
de Israel. Estaba en la sinagoga cuando Pablo empezó a enseñar
en Atenas (v. 17). Pablo también discutió la fe cristiana “y a diario hablaba en la
plaza con los que se encontraban por allí” (mismo v.).
La plaza llamada el Ágora, estaba en el centro antiguo del pueblo.
Era el foro y el centro de la vida pública.