Cuando Pablo predicó la palabra de Dios en ese lugar público, se confrontó con los filósofos epicúreos y estoicos. Preguntaron sarcásticamente, “¿Qué querrá decir este charlatán?” (Hechos 17:18). Otros dijeron “Parece que es predicador de dioses extranjeros,” porque, como Lucas dice, “Pablo les anunciaba las buenas nuevas de Jesús y de la resurrección” (v. 18).
Estos atenienses brillantes y educados no entendieron la simple, aunque profunda verdad de Dios. Su intelectualismo debe de haber impresionado a Pablo profundamente. Después, él escribiría a la iglesia corintia cercana, “El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden” (1 Corintios 1:18). “Los judíos piden señales milagrosas y los gentiles buscan sabiduría” (v. 22).

Sin embargo, Pablo no estaba interesado en la filosofía humana. “Mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado. Este mensaje es motivo de tropiezo para los judíos, y es locura para los gentiles,” escribió, “pero para los que Dios ha llamado, lo mismo judíos que gentiles, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios” (v. 23-24).

No es sorprendente que los epicúreos y estoicos no comprendieran el evangelio de Cristo. Los epicúreos creían que los dioses no existieron o no estaban involucrados con los asuntos humanos. Para ellos, el Dios y Salvador de Pablo era simplemente otra deidad extranjera. Los estoicos creían en la razón como el principio por lo que los humanos deben vivir. Ellos confiaban en las habilidades racionales y la autosuficiencia. Había un pequeño lugar para un Dios personal en sus pensamientos.

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