Por otro lado, los atenienses estaban interesados
en preguntas morales, en la filosofía y en la religión. Nosotros
podríamos haber esperado que ellos estuvieran más deseosos de
escuchar la verdad de Dios. Este es un relato irónico de dos ciudades
diferentes, opuestas a la verdad demostrada. Al contrario de los
ciudadanos de Atenas, muchos corintios escucharon al mensaje de
Pablo, lo creyeron y se bautizaron.
El propio apóstol Pablo no había sabido
qué hacer con el interés inesperado de los corintios respecto
al mensaje de Dios. Mientras estaba enseñando en la ciudad, Pablo
tuvo una visión de Dios. Una voz le dijo: “No tengas miedo; sigue hablando
y no te calles, pues estoy contigo. Aunque te ataquen, no voy
a dejar que nadie te haga daño, porque tengo mucha gente en esta
ciudad” (Hechos 18:9-10). Pablo explicaría: “Hermanos, consideren su propio
llamamiento: No muchos de ustedes son sabios, según criterios
meramente humanos; ni son muchos los poderosos ni muchos los de
noble cuna. Pero Dios escogió […] lo débil del mundo para avergonzar
a los poderosos […] a fin de que en su presencia nadie pueda jactarse”
(1 Corintios 1:26-29).
¿Qué era eso que Pablo enseñó a estos corintios
que hizo que cambiaran tan dramáticamente su estilo de vida? Era
“Jesucristo, y de éste crucificado”
(1 Corintios 2:2). Esa historia de Cristo crucificado es tan importante
para nosotros como lo era a los judíos, griegos y romanos del
primer siglo.
El corazón del mensaje de esta historia
es que todos los humanos hemos pecado. Todos nosotros necesitamos
el sacrificio de Jesús para pagar la pena por nuestros pecados.
Es sólo mediante Jesucristo, dijo Pablo (Hechos 13:38), que podemos
tener este perdón y la vida eterna. Pablo les dijo que el sacrificio
de Jesús debe inspirar a los seres humanos para hacer un compromiso
de toda la vida con Dios. Pablo escribió que ese Cristo “murió por todos, para que
los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió por
ellos y fue resucitado” (2 Corintios 5:15).
Sí, Cristo
murió, pero también fue resucitado. Ésa es la historia de las
buenas noticias (1 Corintios 15:1-4). Nuestra salvación —la esperanza
de nuestra propia resurrección— depende de la resurrección de
Jesús (v. 12-26). El mensaje de Pablo acerca de la salvación era
mucho más que teología. Él llamó a sus oidores y lectores a cambiar
la manera en que vivieron y vieron la vida. “Llevamos cautivo todo pensamiento
para que se someta a Cristo” (2 Corintios 10:5). Pablo
predicó entonces —y lo hace para nosotros a través de sus cartas—
que los humanos “se arrepintieran y
se convirtieran a Dios, y que demostraran su arrepentimiento con
sus buenas obras” (Hechos 26:20).
Pablo dijo que
a través del ministerio terrenal y la presencia viviente de Cristo
en nosotros podemos experimentar el poder espiritual de Dios en
nuestras vidas. Él le escribió a los filipenses desde la prisión,
diciendo, “Todo lo puedo en Cristo que
me fortalece” (Filipenses 4:13). A través del poder de
Dios en nosotros, podemos creer en Cristo como nuestro Salvador.
El resultado es nuestra salvación —un don de Dios.
Ése es el mensaje
que Pablo habló hace aproximadamente 2,000 años a los griegos.
Ése es el mensaje que podemos leer en las escrituras de Pablo
y en lo escrito por Lucas acerca de la vida de Pablo. Ése es el
mensaje que anunciamos y que puede cambiar nuestras vidas y puede
darnos una esperanza para alcanzar la vida eterna.
Paul
Kroll y Ronald D. Kelly